Quiero ser ingeniera
La verdad es que tanto enfrascarme en esto de la ingeniería hasta se me ha olvidado el don de escribir.
La verdad es que añoro las noches en que mojaba, con el llanto de tinta, páginas y páginas de soledad acompañada de poesías y relatos.
Y es que en el mundo de los circuitos, del Internet y los megaherz no he encontrado (todavía) la manera de expresar cómo cantan mis entrañas al compás del corazón cuando veo venir tan campante, tan lleno de fortaleza, tan atrasado como siempre: al amor de mi vida.
Intento convencerme de que sé nuevos lenguajes y sin embargo casi nadie se saluda en c# o dice Que te vaya bien en Java. Estos lenguajes no me ayudan mucho si quiero entender a la computadora que en realidad tampoco comprende de amistad.
Y es que en este orbe artificial no se conocen las palabras imperfección, milagro, conciencia, ternura, llanto, debilidad. Y me cuesta un montón renunciar por eternos instantes al humor de la divergencia, al dolor de la mentira, a la esperanza de sentir calor.
Es por eso que a veces sin quererlo, y a veces queriendo, empiezo a volar alto, muy alto y llego hasta él. Llego hasta su ternura, hasta su impaciencia por besarme, hasta su abrazo protector. Llego donde el tiempo se desvanece como una nube y me permite ser cómplice de esa tan deseada eternidad.
Y es que aún no logro arreglármelas para doblegar a esta máquina y hacerle escupir mis más novedosos descubrimientos, casi todos tan invisibles a los ojos como incomprensibles para ajenos.
Y es que no logro ser ingeniera ni romántica al mismo tiempo. No logro unir jerarquía con homogeneidad. No logro unir órdenes imparciales con mi pura y neta voluntad.
De vez en cuando me asalta el temor de ver mi corazón convertido en un pedazo de circuito sin poder comprender más allá del prendido-apagado, que me olvide de sonreír con lo tibio, con lo que no es chicha ni limonada, que se me olvide de llorar por una palabra sincera de amor, que se convierta en absurdo creer en lo imposible.
Hoy he decidido no simplificar nada. Me gusta la vida así de complicada, me gusta curar mis heridas, acicalar mis alitas, y sobrevolar toda mi vida. Me gusta sentir que nada es lineal, que nada es casualidad, que el sol brilla hoy sólo para mí, que no hay mejor día para morir en paz o vivir feliz.
Y más aún, hoy no iré al grano: hoy me voy de parranda y que me aguante mi compañero del alma, que hoy no lo beso con labios robóticos. Hoy lo beso de a poquito, quemando en cada pedacito de piel, exigiéndole a la razón que me deje sola.
Porque hoy quiero confiar en la imprecisión de ese suspiro que me obliga a creer en mis sueños de ser una gran ingeniera.
Elisa